miércoles, 15 de diciembre de 2010

INOPORTUNA DUALIDAD

¡Menudo lío tengo!

Cada mañana me despiertan unas apetencias sexuales diferentes. Algunas me seducen las rubias y otras, sin embargo, me decanto por los barbudos de camisa de cuadros. Hasta ahora llevaba un orden y un criterio, pero me he descontrolado. No entiendo por qué en el mismo día, incluso en el mismo momento, se me cambian los instintos.

Hace algunos viernes me llamó Elisa, el elemento femenino de mi vida. Había quedado con unas amigas comunes y quería verme. Apresurada me enfundé en los vaqueros rajados, tiré de mis Converse y de esa sudadera con capucha, estilo americano que tanto le mola. Disimulé mi melena en un moño engominado y me disparé hacia El Escape. Elisa me esperaba sonriente con Olga y Pamela. Besé sus labios y le agarré con seguridad la mano. Olga insistía en mostrarnos su último guión pero a nosotras nos interesaba muy poco, Elisa y yo andábamos perdidas entre gestos e intenciones.

De Chueca a Malasaña sentí que me iba transformando. Al entrar en el Angie, un olor familiar desató el cordón que me reliaba el pelo y los rizos aprisionados golpearon mis hombros atrayendo miradas. Carlos me observaba detrás de la barra y empecé a sentir calor. Casi me raspé la cara deshaciéndome de la sudadera. Elisa me miraba desconcertada. No soporta sentirme más femenina que ella y para mí resultaba inevitable empitonar mis pechos hacia el espacio.

- ¿Se puede saber que estás haciendo? Me preguntó con una mueca nada simpática.

- Tengo calor, eso es todo. Malamente salí del paso, la puerta del local estaba abierta y entraba un frío insoportable.

- ¿Le cambiaríais el final, entonces? Traté de desviar la conversación hacia el guión de Olga.

Carlos no apartaba los ojos del dibujo asimétrico de mi camiseta empitonada y empecé a desear que me invitara al reservado, como tantas veces. Elisa y Pamela discutían sobre el final del guión, mientras mi cabeza estaba a cuatro patas sobre el barril de cerveza, mi pelo tirante en la mano de Carlos y mi cuerpo electrizado de embestidas.

- ¿Y a ti que te parece? Las palabras de Pamela me devolvieron al suelo.

- ¿Cómo? No os oigo bien con la música. ¿Qué decíais? ¿Qué me parece qué?

_ ¡El final del guión de Olga! ¡Se puede saber en qué estás pensando! Pamela y Elisa me gritaban al tiempo.

Comencé a marearme. ¿Qué me estaba ocurriendo? Antes no me sucedía así. O era, o era. Pero ¿Ser al mismo tiempo? O mejor, ser y cambiar en el mismo momento. Eso era nuevo para mí. No había contado con ello.

Lo peor. Elisa empezó a mostrarse cariñosa conmigo. Primero un beso torpe que no supe corresponder como merecía, eso debió incrementar su deseo y me empujó contra la columna que divide el local. Caricias. “No, por favor”.  Mi único pensamiento. Me dio asco sentir sus pechos sobre los míos. Inexplicable. En otras ocasiones he muerto por besarlos. La mirada de Carlos me imponía un veredicto inapropiado al momento. Me libré de los labios de mi dulce Elisa y separé sus pechos suavemente con la palma de la mano.

- Yo le cambiaría el final al guión de Olga - Intenté salir del paso - No sé, creo que en algún momento, pierde la intensidad del principio. ¿Quieres otra copa? - Le dije sin mirarle a los ojos, aproximándome a la barra y dejándome llevar por mi instinto de hembra que responde a la llamada del macho.

Elisa observaba con desprecio mis devaneos con Carlos. No tengo muy claro si lo que sintió en ese momento fueron celos, o asco por mi exagerada feminidad. Me sentí culpable, o no. “Me llamo Sandra, soy una mujer y deseo el falo del personaje que tengo enfrente”. Intenté que ese pensamiento me consolara. He deseado a Carlos otras veces. He deseado a otros hombres, en circunstancias diferentes, sin tener que plantearme nada, pero en ese momento sentí que debía excusarme. Había salido de casa en la modalidad opuesta. Le miré temblando los labios. Soltó el trapo con el que andaba limpiando la barra y agarró mi nuca atrayéndome hacia su boca. Le correspondí gustosa, cruzando de vez en cuando, mi mirada con los ojos desorbitados de Elisa. “Me llamo Sandra, soy una mujer…”.

Olga y Pamela se confabularon con la sorprendida. Las tres recogieron sus abrigos y sin pagar se esfumaron del local. Carlos echó el cierre y me abrazó seductor. Escalofríos y no precisamente de deseo. Me recogí el pelo, me puse la sudadera ¡Qué pereza solo pensar en la penetración deforme de un pene! Me cambió el gesto. Comencé a sentirme tan masculina como él ¡Qué rabia! No. Inevitable. Le agradecí que fuese más comprensivo que mi apasionada fémina. Me besó la mejilla y me dejó marchar a casa con un suspiro desganado.

Esta transformación se ha convertido en rutina. Ya no sé como vestirme. A veces me suelto la melena y tiro de escote y minifalda, pero, cuando menos lo espero, me apetecen unos pechos más prominentes que los míos. Otras salgo de vaqueros, gestos descastados y me encapricho de lo mismo que pinto. No soy capaz de ordenarme. Tengo ganas de sexo y no coincido con mis apetencias.

Hace unos días, desesperada, llamé a Olga por teléfono e intenté explicarle mi problema. No se tomó demasiado en serio lo que me está ocurriendo, pero por ahí pilló una idea fantástica para el final de su guión. Extrasexual se vuelve asexuada sin remedio. Ha conseguido que lo lleven al cine.

1 comentario:

  1. jajaja, no hay mal que por bien no venga... Genial

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