Bye, bye verde cruel y corte de manga a la máquina de fichar. Pedro y esa manía de no mirar más allá de mis vanas sospechas. El pececillo que infla un globo de ilusiones y explota en locales para construir arte. Un sueño. El fantasma de la Louchette que aparece en forma de conejo y me convierte en Alicia en el país de los mil papeles. El hilo que separa la vida del asfalto, tan frágil y tan duro. Las lentejas que siempre quiero compartir con Ramón para que se fume un cigarro imaginario. Ernesto, Elisa, Juan, Ruth, Jose y el Marqués de Sade. Los viernes más eróticos de nachos hasta la madrugada. Don Rafael de Riego y sus notas a una república que pudo ser y no fue. El viejo amante del pasado que nunca dejó de estar presente. Los Caños de Meca y no vestirse nunca. Las tardes de gin tonic rodeada de osos con mi pareja favorita. Sorpresa de cuarenta y la alegría que trajeron las lágrimas temblonas de Carmen. Paz de cine y playa de Aitor sin Aitor. Mis papis y los eternos paseos tabernícolas por la orilla de los naranjos. Treinta amigos de sofá y cuarenta y dos verdades. La virgen alegre con sombrero de ala que se afinca a mi derecha y el tiempo no pasa. Una espátula con chándal de yonki. Un guiño de ojo al entrar al baño. Y tú.
viernes, 24 de diciembre de 2010
jueves, 16 de diciembre de 2010
DIAPOSITIVA EN 3D
Dicen aquellos que en un instante se dan con la muerte de bruces y consiguen eludirla, que en décimas de segundo ven pasar su vida entera en fotogramas.
La luz, que atravesaba rabiosa la ventana de mi dormitorio, me sorprendió sudando, tendida sobre la cama, desnuda, casi inerte. Despegué los ojos legañosos, apenas fui capaz de alargar el brazo a la mesilla y agarrar la botella de agua, con la que empapé mi boca, mi pecho y las sábanas. La noche anterior me había dejado una resaca insaciable. Ni ganas, ni fuerzas para arrancar de la cama.
Comencé a acariciarme, era tal la sensación de asco que quise mezclarla con el placer. Se escuchaban gemidos al otro lado de la pared, me dejé llevar y me situaron sobre ti, balanceando mis caderas ansiosa por verte desfallecer, mis labios sobre tu frente y las manos rodeándote con suavidad el cuello. El timbrazo del teléfono me devolvió a mi cuerpo muerto, a las sábanas mojadas y a mi dormitorio desbordado de gemidos lejanos. No contesté la llamada, no me interesaba lo que pudiera suceder más allá de las cuatro paredes que limitaban mi dormitorio.
Continué mi tarea, esta vez con mayor intensidad. Millones de recuerdos se iban proyectando sobre mi cabeza a modo de diapositivas. Tu lengua acariciando la planta de mis pies detuvo la película, como si hubiesen activado el pause. Había alguien más en esa escena, sentía su calor sin ser capaz de verle. Tú lamías despacito mis dedos, mis tobillos, yo te aprisionaba entre mi puño sintiendo otra lengua que desgarraba mi pubis, esa lengua extraña. El cabecero de la cama chocó con fuerza contra la pared, me despistó el ruido y continuó la proyección.
De nuevo tú, esta vez ahogando mi garganta y la misma lengua desgarradora que comencé a sentir familiar. Interferencias en la pantalla rebobinaron la proyección situándome en la infancia, cerré los ojos fuerte intentando borrar esas imágenes que rasgaban mi piel hasta hacerla sangrar. Frené de golpe, no fui capaz de soportar la mezcla de la inocencia con aquellas estampas. Respiré hondo, traté de calmarme y continué mi trabajo.
La siguiente diapositiva me llegó más nítida que las anteriores, el escenario era claramente el mismo que yo vivía en aquel momento. Mis cuatro paredes, el cabecero roto y separado de la cama y una botella de agua sobre la mesilla de noche. Por fin la cara del desconocido y bofetadas de realidad que me hicieron temblar, se paralizó su lengua traviesa, aparté con ira su sombra. Las diapositivas comenzaron a recorrer mi cabeza a cuarenta y cinco revoluciones. Mi infancia, la familia, mi odioso trabajo, tus recuerdos, mi vida y la muerte. Perdí el sentido durante unos instantes, mi brazo se desplazó fláccido hacia la mesilla de noche y los cristales de la botella de agua contra el suelo me devolvieron a la vida.
Me froté los ojos con los restos de agua que habían quedado sobre la mesilla y comenzaron a despertar mis sentidos. Olor a güisqui y a sexo, tres cuerpos revueltos entre sábanas sudadas. Volví a mis caricias y la pantalla continuó proyectando imágenes, esta vez las sentía recientes, mucho más cercanas. Mi cuerpo invadido por cuatro manos, penetrado por dos falos y la misma mirada en uno y otro, separada por el tiempo, los mismos ojos para los dos, pero unos llenos de vida y los otros viejos y ausentes, ansiosos por dar muerte a tanta vida. La diapositiva rebotó en mi cabeza como un puñetazo, tu hijo y tú ¿No pudiste soportarlo? Malditas fantasías imposibles en la realidad, no conseguiste que el güisqui te llevara a engaño. No, no pudiste soportarlo.
De nuevo el teléfono me hizo sentir el cuerpo dolorido y amoratado. No contesté la llamada. Olor a muerte. Timbrazos impertinentes. Gemidos al otro lado. Mis dedos insistentes y un alarido ahogado que rebotó sobre las cuatro paredes. Al fin ese placer traído de la mano del asco.
Una última diapositiva, tu cuerpo inerte a los pies de la cama. El teléfono chillando una vez más, volcando esa imagen en tres dimensiones, mi cuerpo tenso y desorbitado y un hilillo de voz contestando: “Defensa propia”. Final de la proyección.
QUE NO TE PILLE DESPREVENIDA
Yo, acostumbrada a viajar en primavera, confundí el camino y casi sin darme cuenta, iba por la nieve, creo, solo recuerdo que comencé a sentir frío y me subí en un carro arrastrado por caballos. Un par de alas sentadas viajaban a mi lado. Fijé la mirada en una raya que perdía el norte y los restos. La luz, difuminada y ciega era ya sólo un punto; moría. Antipática y tacaña me parecía que se acababa. La tierra se había salido de la órbita sin avisar y de sorpresa. Nos alejábamos más y más del sol. Frío, temor. Pensé cuando tuve tiempo de hacerlo: es la vida que se acaba, muero sin despedirme de tanto. Busqué mi primavera, ni una flor en medio del blanco congelado. Agujero negro, ya no más. Ya no siento, ni pienso, no existo. Se acabó el calor de mi tiempo, se acabó.
Cuando desperté, entre blancos y negros, mi cuerpo estaba helado. Pero hallé colores de consuelo, alegría en mitad del invierno y una estufa de mucho calor. Ojos de luz grisácea. Aquello era el cielo, mi alma y mi carne en la gloria ¿Qué cómo lo supe? Porque un piadoso de alas enormes y aire de Ícaro cuidaba mi cadáver. Le guiñé un ojo y sonreí picarona. Recordé que aquella misma mañana me había depilado.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
INOPORTUNA DUALIDAD
¡Menudo lío tengo!
Cada mañana me despiertan unas apetencias sexuales diferentes. Algunas me seducen las rubias y otras, sin embargo, me decanto por los barbudos de camisa de cuadros. Hasta ahora llevaba un orden y un criterio, pero me he descontrolado. No entiendo por qué en el mismo día, incluso en el mismo momento, se me cambian los instintos.
Hace algunos viernes me llamó Elisa, el elemento femenino de mi vida. Había quedado con unas amigas comunes y quería verme. Apresurada me enfundé en los vaqueros rajados, tiré de mis Converse y de esa sudadera con capucha, estilo americano que tanto le mola. Disimulé mi melena en un moño engominado y me disparé hacia El Escape. Elisa me esperaba sonriente con Olga y Pamela. Besé sus labios y le agarré con seguridad la mano. Olga insistía en mostrarnos su último guión pero a nosotras nos interesaba muy poco, Elisa y yo andábamos perdidas entre gestos e intenciones.
De Chueca a Malasaña sentí que me iba transformando. Al entrar en el Angie, un olor familiar desató el cordón que me reliaba el pelo y los rizos aprisionados golpearon mis hombros atrayendo miradas. Carlos me observaba detrás de la barra y empecé a sentir calor. Casi me raspé la cara deshaciéndome de la sudadera. Elisa me miraba desconcertada. No soporta sentirme más femenina que ella y para mí resultaba inevitable empitonar mis pechos hacia el espacio.
- ¿Se puede saber que estás haciendo? Me preguntó con una mueca nada simpática.
- Tengo calor, eso es todo. Malamente salí del paso, la puerta del local estaba abierta y entraba un frío insoportable.
- ¿Le cambiaríais el final, entonces? Traté de desviar la conversación hacia el guión de Olga.
Carlos no apartaba los ojos del dibujo asimétrico de mi camiseta empitonada y empecé a desear que me invitara al reservado, como tantas veces. Elisa y Pamela discutían sobre el final del guión, mientras mi cabeza estaba a cuatro patas sobre el barril de cerveza, mi pelo tirante en la mano de Carlos y mi cuerpo electrizado de embestidas.
- ¿Y a ti que te parece? Las palabras de Pamela me devolvieron al suelo.
- ¿Cómo? No os oigo bien con la música. ¿Qué decíais? ¿Qué me parece qué?
_ ¡El final del guión de Olga! ¡Se puede saber en qué estás pensando! Pamela y Elisa me gritaban al tiempo.
Comencé a marearme. ¿Qué me estaba ocurriendo? Antes no me sucedía así. O era, o era. Pero ¿Ser al mismo tiempo? O mejor, ser y cambiar en el mismo momento. Eso era nuevo para mí. No había contado con ello.
Lo peor. Elisa empezó a mostrarse cariñosa conmigo. Primero un beso torpe que no supe corresponder como merecía, eso debió incrementar su deseo y me empujó contra la columna que divide el local. Caricias. “No, por favor”. Mi único pensamiento. Me dio asco sentir sus pechos sobre los míos. Inexplicable. En otras ocasiones he muerto por besarlos. La mirada de Carlos me imponía un veredicto inapropiado al momento. Me libré de los labios de mi dulce Elisa y separé sus pechos suavemente con la palma de la mano.
- Yo le cambiaría el final al guión de Olga - Intenté salir del paso - No sé, creo que en algún momento, pierde la intensidad del principio. ¿Quieres otra copa? - Le dije sin mirarle a los ojos, aproximándome a la barra y dejándome llevar por mi instinto de hembra que responde a la llamada del macho.
Elisa observaba con desprecio mis devaneos con Carlos. No tengo muy claro si lo que sintió en ese momento fueron celos, o asco por mi exagerada feminidad. Me sentí culpable, o no. “Me llamo Sandra, soy una mujer y deseo el falo del personaje que tengo enfrente”. Intenté que ese pensamiento me consolara. He deseado a Carlos otras veces. He deseado a otros hombres, en circunstancias diferentes, sin tener que plantearme nada, pero en ese momento sentí que debía excusarme. Había salido de casa en la modalidad opuesta. Le miré temblando los labios. Soltó el trapo con el que andaba limpiando la barra y agarró mi nuca atrayéndome hacia su boca. Le correspondí gustosa, cruzando de vez en cuando, mi mirada con los ojos desorbitados de Elisa. “Me llamo Sandra, soy una mujer…”.
Olga y Pamela se confabularon con la sorprendida. Las tres recogieron sus abrigos y sin pagar se esfumaron del local. Carlos echó el cierre y me abrazó seductor. Escalofríos y no precisamente de deseo. Me recogí el pelo, me puse la sudadera ¡Qué pereza solo pensar en la penetración deforme de un pene! Me cambió el gesto. Comencé a sentirme tan masculina como él ¡Qué rabia! No. Inevitable. Le agradecí que fuese más comprensivo que mi apasionada fémina. Me besó la mejilla y me dejó marchar a casa con un suspiro desganado.
Esta transformación se ha convertido en rutina. Ya no sé como vestirme. A veces me suelto la melena y tiro de escote y minifalda, pero, cuando menos lo espero, me apetecen unos pechos más prominentes que los míos. Otras salgo de vaqueros, gestos descastados y me encapricho de lo mismo que pinto. No soy capaz de ordenarme. Tengo ganas de sexo y no coincido con mis apetencias.
Hace unos días, desesperada, llamé a Olga por teléfono e intenté explicarle mi problema. No se tomó demasiado en serio lo que me está ocurriendo, pero por ahí pilló una idea fantástica para el final de su guión. Extrasexual se vuelve asexuada sin remedio. Ha conseguido que lo lleven al cine.
lunes, 6 de diciembre de 2010
RECUERDOS DE VERANO
Recuerdo tus manos ágiles lanzando aquella camiseta blanca a la cama y dejando una ráfaga en el aire de sudor, cerveza y rabia.
Las ventanas abiertas, el muro de ladrillos que impedía el cielo, emisoras de radio entremezcladas y un enérgico batir de huevos que moría en el repiqueteo de una sartén. Afuera voces, dentro el silencio.
Mi cuerpo cansado se recostaba sobre el cabecero de madera vieja, la puerta del armario abierta y tu imagen reflejada en el espejo, tú de frente y tú de perfil. Me hacía sonreír “¿Cuál de ellos eres?” Imaginaba silenciosa “¿El que me mira o el ausente?” Te acercabas lento y desaparecía el reflejo.
Tú en tu mano y yo sola. Me gustaba excitarme solo mirándote. Te miraba. Miraba tu sombra hasta que la noche borraba tu imagen.
Dentro el tic-tac de un reloj y nuestra respiración ansiosa, fuera el silencio. De pronto tus dedos, tu lengua, tu temor y de nuevo tu sombra. Sentía tus ganas yendo y viniendo sobre las mías y encendía una vela para mirarnos en la pared, como si fuéramos otros.
Tú en mi boca y yo contigo. Las sábanas temblando y nuestros cuerpos también. Mis manos se entretenían sobre el tuyo, las tuyas buscaban la razón.
Yo en tu boca y en el cielo. Se intensificaban las sombras, comenzaba a clarear el muro. Cascadas de agua entre tus dientes y un bolero lejano que arañaba el silencio.
Gotas de sudor golpeando mi frente, como un grifo mal cerrado, gemidos histéricos, carne entre los dedos, olor a café. Los rayos de sol profanado el dormitorio. Tú de frente y tú y yo de perfil, tú en mi boca. Los ojos cegados, cerrados. Tú quemando mi garganta.
LAS AFICIONES SEXUALES DEL SEÑOR TIEMPO
Se me ha caído el tiempo desde una baldosa de la cocina. He corrido a sujetarlo mientras se escurría por los azulejos, pero ha resbalado entre mis dedos. Se ha estampado contra el suelo y no soy capaz de arrancarlo. He probado con la espátula con la que raspo la grasa de la vitro, no hay forma. Pegado. Está pegado en una loseta del suelo. Le clavo las uñas, le clavo el tenedor. Ni se inmuta.
Se descompone, se vuelve verde. No se levanta ni un poquito. Lo disuelvo con amoniaco. Es peor, se hace viscoso, me adhiere la planta de las manos. Me absorbe.
Se ha tragado mis dedos. Tiro. Me empuja hacia dentro. ¡Me estoy poniendo nerviosa! Ya tengo enterradas las muñecas.
Pataleo. El tiempo empuja con fuerza. Grito, lloro, me paro a pensar. Ya no noto la presión, me ha dado una tregua. Me calmo, intento buscar la manera de sacar los brazos de las losetas. Respiro profundo, el tiempo sigue paralizado. No encuentro solución, me angustio de nuevo y de un golpe, tira hacia abajo de mí hasta que pego la barbilla contra el suelo. Pido socorro.
Se abre la puerta de la cocina. No espero a nadie. ¿Quién está ahí?
Me tiembla el cuerpo entero, los brazos no, no los siento. Escucho pasos, no soy capaz de girar la cabeza hacia la puerta. Goterones congelados recorren mi frente. Mis pensamientos se han paralizado, el tiempo también. Se hace el silencio.
Me crispo de rabia y la loseta tira una vez más. Hunde mi boca y la nariz. ¡Ahora ni siquiera puedo gritar! Ya no siento tirones pero los pasos avanzan hacia mí.
No puedo girarme. Mis brazos y media cara están enterrados en el suelo. Me sujeto con fuerza sobre las puntas de los pies. Los pasos se han detenido tras mis piernas alzadas. La respiración se me acelera a la velocidad de una noria. Siento el frío de unas palmas rugosas sobre mi espalda. La saliva se cristaliza en mi garganta. Estoy inmóvil. La mismas manos heladas se deslizan por mi cintura. Dedos como hielos dibujan mis nalgas. No soy capaz de adivinar a quién tengo detrás modelando en mi carne figuras asimétricas. ¿Será el tiempo? Es el tiempo.
Desliza suavemente mi pantalón del pijama hasta las rodillas y de un tirón me arranca las bragas. La cocina se inunda de alaridos, el muy capullo ha asestado sus treinta centímetros de verga contra mi ano. ¿Y ahora qué? Me guiña un ojo sonriente, agitando a modo de adiós los cinco dedos, mientras se confunde con las baldosas de la cocina.
Holgadas las losetas consigo sacar los brazos, la barbilla, la nariz. Me incorporo. Me subo los pantalones y me limpio el sudor con el paño que cuelga de la percha en forma de pera.
Suspiro. ¡Ya está el tiempo dando por culo!
LA AVIONETA
Mi piel se freía bajo el sol.
Derramada sobre un pareo de colores, se proyectaban en mi cerebro movimientos sofocantes que empujaban mis nalgas. La vista perdida en el cielo, se centró en una de esas avionetas de las que cuelga una tela ilegible, que termina por lanzar balones de Nivea y los bañistas persiguen como las hormigas una migaja de pan.
La última embestida me hizo susurrar profundo y mi mano se introdujo, por inercia, en la curva que desvía mi tanga a lo más fino. Solté el aire como quien pincha un globo y desvié la atención hacia un señor, que con una nevera colgada al cuello, enumeraba en tono gangoso, la esperanza congelada de mi boca y de mis pensamientos.
- ¡Eh! ¡aquí! Le grité levantando el dedo que momentos antes había sido testigo de mi excitación. Se acercó intimidado. Un índice y dos pulgares en top-less, redondos e impacientes, le señalaban.
- Dame una cerveza. Le pedí en tono firme enarcando los hombros y sin dejar de disparar mis pechos contra la nevera, donde introdujo su mano temblorosa para extraer mis deseos.
- ¿Cuánto? Le pregunté mientras revolvía en la cesta de Versace el bronceador, las gafas de sol y la parte de arriba de mi bikini, en busca del monedero.
- Invita la casa. Solemne. Con la mirada perdida en mis pezones histéricos soltó la nevera a un lado y se recostó sobre mi pareo. No le sorprendió mi indiferencia.
Solo él contemplaba idiotizado los balones de Nivea. Yo había postrado mi ombligo contra el pareo con el fin de templar mis diablescos fotogramas, que se iban desvaneciendo por el sueño, hasta que su respiración profunda, los despertó de golpe. Mi compañero nevera se estaba excitando. Sonreí maliciosa. Pegué mi culo contra su muslo. Enseguida me llegó la respuesta. Con sutil timidez, cambió el hilo fino de mi tanga por sus gruesos dedos, con los que me recorría toda la hiel hasta frenarse (solo de vez en cuando) en el punto que me despegaba, como una corriente eléctrica, del pareo.
La pareja de al lado nos miraba al tiempo que se susurraban intenciones descaradas al oído. Él con cara de diablo, ella de casta. Adiviné por sus gestos que apostaban si eran capaces. Arqueé el cuerpo hasta alcanzar la parte central de los bastos pantalones del hombre nevera, saqué la lengua, antes incluso de descubrir mis dudas, y me mantuve en esa postura, con los ojos clavados en los ojos de ambos, hasta que el descubrimiento colmó mi boca. No sé cuál de ellos ganó la apuesta. Supongo que el diablo se hizo viejo y convenció a la casta, pero como por arte de magia, ya éramos cuatro en mi pareo.
Ansia. Pretendí en un instante complacer a los tres. El hombre nevera se agitaba nervioso dibujando mi garganta, yo rebuscaba perdida en el bañador floreado del diablo y la mano que me quedaba se dedicó a averiguar impaciente, la perfecta depilación de nuestra fémina casta, al tiempo que descubría con alguna parte libre de mi cuerpo, el tamaño de sus pechos. Nos movíamos torpes. Ninguno de nosotros era capaz de olvidar al resto de bañistas y nuestras miradas se desviaban continuamente haciéndonos perder la atención mojada. El calor fuerte, la tensión y la humedad conseguían que nuestras manos resbalaran de un cuerpo a otro. Se frenaron los gemidos y los seis ojos se clavaron en mí. Me eligieron como vagina de referencia y comencé a sentir todos mis órganos colapsados. El aliento hostil casta-diablo quemaba mi pubis y el hombre nevera había decidido no separase de mis pulgares de mármol.
Fragancias nuevas. Bronceador de coco y un aftersun fuera de lugar desdibujaban mis labios. Más manos. Gente nueva. Mi cuerpo recubierto de manos, sin un poro libre para contemplar la ráfaga ilegible de la avioneta lanzadera. La presión del tacto, el dolor de las lenguas y el vaho agrio de las pieles sudadas me agobiaron. Eché un vistazo a mi alrededor, justo lo que los huecos arqueados de montones de codos me permitieron. La playa solitaria y vacía. Todo el verano y su turismo se había afincado sobre mi pareo.
Toallas y cuerpos apiñados en mis colores. Gritos y alaridos que callaban el sol. La playa vacía y mi tanga junto al cubo negro de la basura.
Como un caracol, lento, lentísimo, agarré mi pareo y repté bajo la masa de carne caliente. Liberada, guiñé un ojo al hombre nevera, que recogió sus bártulos y se sentó junto a mí en la inmensidad de la orilla vacía. Reímos, nos besamos y compartimos una cerveza helada. A nuestra espalda, gemidos trémulos y desgarrados. Le susurré al oído la última embestida culpable del montón de carne. Nuestra felicidad andaba sobrepasando las tablas de surf, cuando un estruendoso relámpago frenó con fuego el mar. La avioneta Nivea se había estrellado contra la masa informe de cuerpos castos, diabólicos, con esencia de bronceador y jugos agrios. La tarde solitaria mezclaba el agua y el sonido de las gaviotas, con el rebote de los balones Nivea sobre la arena vacía.
El hombre nevera embestía mis nalgas mientras yo clavaba la mirada en el cielo.
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