domingo, 17 de junio de 2012

ODALISCA




Tu látigo me desdobla y me separa la carne de los huesos. Odalisca usuaria, me hago debutante.

- ¿Dónde quedó esa ávida osadía? - Preguntas silencioso - ¿Qué temes? - Insistes mientras golpeas el cuero contra los dedos de mis pies.

- Las cadenas, temo.

Te miro y disparas tus lanzas suplicando contra mi fragilidad y yo respondo agotada:
- No. Ya no. Cuerpo no - Me regocijo desnuda entre el hierro, arrebatando tus respuestas - Carne no.

- ¿Amor sí? - Preguntas para herirme. Me brota la pereza.

-  Amor tampoco. Mejor matarte. Correr a la tibieza del bosque, sumergirse en el río y darle la espalda a las palabras. Matarte. Huir despavorida a esa cueva que protege a los vasallos. Matarte. Mejor si mueres.

Los dedos de mis pies flotan en el río. Tu fusta está al mismo lado. Ahora dime, mi amo ¿A qué me huele el coño?

lunes, 12 de marzo de 2012

LA MUJER DEL CALLEJÓN

Lo de menos era tratar de vivir. Solo importaba sortear el hedor de los vecinos con síndrome de Diógenes. No tenía trabajo. No buscaba trabajo. En aquel tiempo, huía, eso sí, de los pecados impuestos por otra gente, con los que no había nacido. Encontré un anuncio en la solapa de alguna revista de aliento republicano: “Se buscan coartadas”. Y entonces, salí a la calle.
Alguna trompeta disparaba notas enfermas contra los coches aparcados. Semáforo en verde. Un claxon histérico me obligó a cambiar de pensamiento. No valía la pena fingir, o tal vez sí. A veces el mundo parece estar repoblado por monstruos, en vez de humanos. Mejor no decir nunca la verdad. Mejor no decir nada. Silencio de claxon y otra vez el cinismo.  
Los escaparates marcaban tiempos nuevos. Ofertas y rebajas imposibles. Seguí caminando. Un hombre de pelo rojo y sonrisa vivida se me acercó. “Descansa”. Me dijo. Y me escondí con él en una calle conocida del centro de la ciudad. Caminamos. Caminamos mucho y atravesamos un callejón vacío. El cuerpo inerte de una mujer, tendido en la acera nos hizo un guiño. Lo miramos sin cambiar palabra. Sentí un frío indiferente. El pelirrojo me apretó la mano y silbó sobre los ojos del cadáver. Quizá una pregunta. No hubo respuesta.
La boca me ardía. Al pelirrojo también. Entramos en el primer bar que se nos puso delante y pedimos una manguera de cerveza. El camarero tardó un tiempo en atendernos. Su equipo de fútbol acababa de marcar el gol definitivo y chocaba los puños contra el resto de clientes. Mientras, en el fondo del bar, la televisión hacía homenaje al recorte de presupuesto para el tratamiento de una enfermedad que no existe. El pelirrojo y yo bebimos cerveza hasta ver interferencias en la pantalla. Abandonamos el local.
El reloj de la plaza se había dormido a las cinco menos cuarto. “Quizá a nadie le importe que los relojes no marquen la hora a la que suceden las cosas”. Pensé.  Dimos la vuelta a la manzana y el cielo comenzó a llorar. Mi compañero pelirrojo y yo, corrimos para evitar el llanto. Nos refugiamos en una cafetería, próxima a la estación, donde no llegaban las lágrimas. Igual queríamos huir, cambiar, mudarnos. Igual no. Agarré el periódico de la barra, mientras él pedía los cafés. Casi en la última página, había un titular pequeño que decía: “Desaparecido el cadáver de la mujer del callejón”. Leí el artículo sorprendida. El periodista afirmaba que la última vez se la vio acompañada de un hombre pelirrojo, de edad muy vivida. Un único testimonio: “Buscaban una coartada”. Sonreí por primera vez después de mucho tiempo. Besé su frente. Le empujé al cuarto de baño. Y me lo follé en la taza del water. No una, sino varias veces.

¿QUIÉN CREÓ A LA MUJER?


¡Clack! Se casca un huevo y un hombre aterriza en la sartén. Clikclikclik, los repiqueteos inundan la cocina. Mientras, el hombre nada en el aceite hasta alcanzar el borde del metal. Se agarra con las dos manos al filo de acero y hace presión con los pies tratando de dar un salto ¡Chaf! Se escurre. Cae al fondo de la sartén y decide descansar por, si de ese modo, se le ocurrieran nuevas ideas para salir de allí. Las ideas fluyen. Se van extendiendo. Se hace un faldón alrededor del hombre. Primero transparente. Luego blanco. El hombre se relaja. Ahora sabe que esas ideas son firmes. Lo único que necesita es recuperar fuerzas para ponerlas en marcha y así, encontrar la salida de la sartén. Su duermevela, se ve interrumpido por una lluvia de granizo. Le escuecen los ojos. Negro. Ya no puede ver.
Clikclikclik. Siente un repiqueteo, esta vez ajeno, que le hace despertar. Mira a su alrededor. Sus ideas han conseguido tumbarle en un plato enorme. Se siente bien. Ya no le ahoga el aceite. No existe el escozor. Se asoma al ruido sin acercarse. Mira el contenido de la sartén. Una aglomeración de muchachas rubias gritan en el aceite. Las mira de reojo, con un temor ingenuo. Sus ideas están cuajadas y no encuentra el modo de proceder. Las muchachas rubias, ahora son morenas. Alguien ha apagado el fuego y se las escucha respirar. Una pala metálica las va escurriendo a su lado. El hombre tiembla. Se intimida cerca de tanta mujer.
El plato despega desde la cocina, atraviesa el pasillo y sobrevuela el comedor. El hombre se asoma. Mira hacia abajo y solo ve más hombres. Una masa de hombres en movimiento. Todos corren. Son hormigas persiguiendo una migaja de pan. El plato aterriza sobre una mesa.  Se escuchan voces. Una esponja pinchada en un tenedor, arrastra la cara del hombre hasta cubrir el cuerpo de las muchachas. Las muchachas ya no se llaman. Ya no tienen color. El hombre se difumina. Se vierte. Se extingue. Criiiik. Rechina el tenedor en el plato. El hombre, sus ideas y las muchachas rubias, luego morenas, ya no existen.

¡Clack! Se casca un huevo y una mujer aterriza en la sartén. No se inmuta. Observa como cambian de color sus ideas. Primero trasparentes. Luego blancas. Las fija. Espera la lluvia de granizo con los ojos bien abiertos. Se duerme. Despierta en un plato. Está tranquila. Va acomodando a las muchachas, tal cual llegan, rubias o morenas. Ella sabe, que tras el avance por el pasillo, aterrizará en una mesa. Conocerá al hombre pinchado en una esponja mullida y ¡Plaf! ¡Catapún! Estallará un mundo de recetas.



martes, 7 de febrero de 2012

MEJOR MAÑANA

A mi buen amigo Sulle, que me da de vivir y me enseña a hacer lo mismo.

La culpa es mía. Me quedo enganchada a la silla del escritorio, atenta a los bocetos enmarcados, por si sucediera lo que yo misma debo provocar. Y no se me ocurre más que llamarte. Así me recuerdas que no existes, no sea que haya pensado que fueras un abrazo y me hubiese dado por ilusionarme.
Hoy en mi vida está cambiarme la mano. Hoy es el día que me cansa ser manca y no ser capaz de taparme los ojos. Hipermétrope. No enfoco. Hasta Ben Harper sale borroso de la estantería. ¿Por qué nadie se atrevió a llamarme bizca? Ya no sé si tengo ganas de mirar.
A mi cuaderno negro le queda una página. Justo esa que no sé cómo se mancha. Escribo y borro. La pereza es un pecado y la libertad un milagro. Ingenua perezosa aparezco, tratando de ser libre. Ahora no tengo con qué cerrar mi cuaderno negro. Su última página infectada de desidia, se hace interminable. Hoy todo es noche, espejos y viento. Pero solo Alejandra Pizarnik sabe decir que me pasa.  
Mi cómplice el cenicero y mi compadre el mar de Conrad. Me desdoblo. Me abandona el alma y queda el cuerpo liviano. Se desliza inerte hacia la cama y desploma sobre las sábanas un único pensamiento: “Mañana será otro día”.
Mañana volveré a pensar. Hoy no. Ya ves que no. Mañana volveré a pensar que tal vez los libros y tú, que no existes, me daréis de vivir. Mañana lo volveré a pensar, siempre que los bocetos enmarcados no me respondan que yo tampoco existo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

EL HIPPIE NATURISTA

Me encanta estar desnuda con mi cuerpo, sin que nada nos oprima ni nos limite. Nunca sentí pudor por mi desnudez. Tengo un cuerpo bonito, imperfecto pero bonito ¿Hay algo más hermoso que el cuerpo cotidiano e imperfecto de una mujer? No me avergüenza lo más mínimo mostrarlo. Concibo la desnudez como algo natural.

Raquel me había invitado a tomar café en su apartamento. Ella llevaba un tiempo enganchada a una página de esas en las que la gente camufla sus ansias por encontrar sexo, bajo el seudónimo de amor. Me contó, entre risas, que había conocido a un hippie naturista, un amante excepcional de pelo largo y vaqueros caídos “¿Naturista?” me llamó la atención la descripción del tipo. “Sí, naturista, tiene cuerpo para exhibirlo”. Yo entonces sufría los latigazos del desamor y trató de convencerme de que darme de alta en esa página, sería la mejor forma de amortiguarlos.

Tocaban días de vacío y tristeza. Apenas era capaz de concentrarme delante de la pantalla del ordenador en la oficina. Perdía la atención a la conversación de mis amigos. No tenía ganas de mucho más que no fuera estar de pleno conmigo misma. Fue entonces cuando decidí tomarme unas vacaciones y alquilar un bungalow en la urbanización naturista de  Vera. Después de seiscientos kilómetros al volante, reconocí que mi elección había sido la acertada. Fue fascinante sentir tanta naturaleza pegada a mi piel. El agua fría y cortante del mar. El tacto al aire de mis propias manos y las caricias cálidas y cariñosas del sol profanando mis partes más íntimas. Todo un placer pasar de la playa a la ducha y de la ducha a la cena en la terraza del bungalow, omitiendo el ritual del desnudado y el incómodo vestido. Y que decir del despertar, salir de la cama sin más pasos que desayunar y comenzar a vivir. Fue en ese bungalow de Vera donde me declaré naturista por principios y devoción.

La brisa del mar, sus olas removiendo la arena en los pies, el sol calentando mis hombros y mi cuerpo desnudo una vez más, me devolvieron a mi misma y de nuevo recobré la alegría. Una noche, al terminar de cenar en la terraza del bungalow, me preparé una copa de ron y comencé a jugar con mi portátil. Recordé los consejos de Raquel y por curiosidad, me di de alta en esa página. Montones de muchachos con fotos impertinentes intentaban captar mi atención. Aquello no me divertía lo más mínimo. Necesitaba darle vida a la noche y al ron. Estaba sola, desnuda y con un portátil sobre las piernas. Sentí nostalgia. Me avasallaron las ganas de compartir todo ese entorno con alguien. Fue entonces cuando recordé al hippy naturista del que Raquel me había hablado. No le conocía y sin embargo sentía la necesidad de tenerle sentado en la banqueta de al lado. Ansié por momentos compartir con él mis risas y mi desnudez. Mis ojos se clavaron en el plasma del portátil. Necesitaba encontrarle. Acoté todas las búsquedas, edad, color de pelo… “Imposible”, pensé fomentando con ello mi ansia. Me preparé otra copa y descansé un momento. No podía irme a dormir sin cumplir mi objetivo. Repasé fotos, apreté los ojos fuerte intentando recordar y como por arte de magia, llegó a mi cabeza un detalle que Raquel me dio a conocer y que hasta el momento había olvidado, su distrito postal. Introduje el dato en los campos que se me ofrecían en la página y milagrosamente su imagen dio vida a la pantalla de mi portátil, al ron y a esa noche de tiempo sobrado y absurdo en la terraza del bungalow.

Pinché la ventanita del chat y me decidí a escribirle: “Hola, ¿Qué haces conectado a estas horas?” Esperé unos instantes, no contestaba y comenzaban a arañarme los nervios. Le di otro sorbo al ron y me fui al baño para hacer tiempo. Al volver la pantalla seguía clavada en mi última pregunta. Dirigí la mirada al cielo y conté hasta cincuenta, la desvié tímida y miedosa de nuevo al plasma: “Lo mismo que tú, supongo” . Aquellas palabras escritas me sonaron a música celestial. Nos enredamos en una conversación absurda. Me divertía teclear todas las tonterías que me llegaban de pronto a la cabeza. Nadie me juzgaba más la pantalla de mi ordenador.

Los primeros rayos de sol pusieron fin a ese mundito de risas y disparates sin freno. Él debía acudir a su consulta o algo así. El final de nuestra conversación se hizo un laberinto. Le hice saber mi condición naturista y me avasalló a preguntas. Quería adivinar mis razones. Tecleábamos los dos al tiempo. Entremezclamos como dos posesos millones de palabras. Nuestra afición al naturismo, nuestros objetivos con respecto a eso, la naturalidad de la desnudez, la falta de objetividad sexual del cuerpo en sí, nuestro enfoque hacia la vida, lo que proyectábamos y lo que éramos capaces de dirigir. Y la conclusión fue una cita nudista en el salón de mi apartamento, sin introducciones ni desenlaces sexuales. Algo sencillo y natural que nos hiciera disfrutar de aquello que los dos amábamos: nuestra desnudez. Con toda esa información él se fue a su consulta y yo a dormir. Intenté ordenar conceptos: “se llama Víctor, es guapo, divertido, naturista y vegetariano”.

Seis horas de imaginación desbordada y carretera hacia Madrid. Me sentía feliz. Casi había olvidado por completo mi tortuoso desamor. Me estallaba contra la cabeza ese cuerpo desnudo de pelo largo que había conseguido emborronar de risas y esperanza la pantalla de mi portátil.

Llegó el día de la ansiada cita. Los nervios mantuvieron durante toda la mañana el corazón en mi garganta. Recordé que me había dicho que era vegetariano y plagué la nevera de verduras y hortalizas. Quería hacer de aquella tarde algo inolvidable y procuré que no se escapara ningún detalle. Me excitaba la idea de recibir a un desconocido desnuda en mi salón. Me escribió un mensaje cuando tomó el taxi que le habría de traer a mi casa.  Me temblaban las manos y el cuerpo entero. El timbre de la puerta volcó mi corazón. Y sin embargo, sentí un leve mareo al descubrir su imagen en el umbral. Aquel personajillo de voz gritona y movimientos nerviosos no tenía nada que ver con lo que yo había imaginado. El Víctor a quien esperaba no existía, a cambio tenía delante a un perfecto desconocido que contemplaba de arriba abajo y con baboso deseo mi cuerpo desnudo. “A Raquel se le está yendo la pinza o está perdiendo el gusto”, pensé.

Le invité a pasar y a quitarse la ropa. Las condiciones debían ser las mismas para los dos. Le ofrecí una cerveza con naturalidad. Yo había perdido por completo el miedo y él, sin embargo, tartamudeaba hermético y tímido.

- ¿Te apetece cenar algo? Tengo verduras y fruta, por cierto, en eso también coincidimos, soy vegetariana igual que tú.

- ¿Vegetariano? - Abrió los ojos con asombro - ¡Yo no soy vegetariano!

- Pero tú me lo escribiste, ¿no?

- Veterinario, te dije que era veterinario - Me resultó inevitable estallar la carcajada que desde que abrí la puerta estaba contenida en mi garganta.

Me senté a su lado en el sillón. Él apenas hablaba y yo no paraba de hacerlo sintiendo que de aquel modo, pasaría cuanto antes esa situación incómoda. Mi actitud era natural, como si estuviera acostumbra a recibir desnuda a desconocidos en casa. Él sin embargo estaba inmóvil. Alargó el brazo para agarrar un cojín que tímidamente colocó sobre su entrepierna, aquello crecía por momentos y debió presentir que yo me estaba dando cuenta. Se me escapó un bostezo.

- Igual estás cansada y quieres irte a dormir - Me dijo en tono bajito y manteniendo la esperanza de que le invitara a mi cama.

- No, tranquilo. Bueno, sí, la verdad es que madrugo mucho y estoy agotada. Ha sido un placer conocerte. La próxima fuera, en algún bar, eso sí, con ropa - Recurrí al chiste fácil para restar tensión al ambiente. Me despedí de él besándole las mejillas. Su expresión era un poema. Los ojos como platos y la mandíbula descolgada. Salió disparado de mi casa.

Me gusta estar desnuda con mi cuerpo y protegida con los de otros.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA NOCHE DEL ACCIDENTE

Mi chico se ha matado en un accidente de coche.

El tiempo en mi salón no existe, es un presente perpetuo. Que se termine el papel higiénico, la leche y los congelados del frigo, es lo único que me hace sentir viva. Mi sueldo no da para pagar el alquiler. Trato de dibujar los números rojos con el pintalabios, aparentando una sonrisa. Y pienso en su chándal y en mi pijama de osos, cavando hondo en el sofá, para encontrar el frac y los tacones de aguja. Los recuerdos llevan toda la mañana acariciándome. Me crezco como una polla enorme. Escupo un sueño. Estoy en paz y me marcho a dormir.

La policía toca la puerta. Salgo de la cama desganada, me pongo la bata y les recibo con una taza de café frío y un montón de legañas en las manos. Me interrogan en el pasillo. No me apetece ser amable y no les paso al salón. El freno de mano de mi Twingo estaba roto, esa fue la causa del accidente. El informe prueba que ya lo estaba antes de que él cogiera el coche e insinúan que podría haber sido cosa mía.  Lo tienen todo muy atado, salvo los motivos que me podrían haber llevado a hacer algo así. Saben la miseria en la que andábamos viviendo. Saben también que ahora esa miseria la soporto yo sola. Lo que no les voy a contar son nuestros sueños de cruceros por el mundo y marisco en la terraza de algún ático de lujo. Eso ya no importa. Mi chico se ha matado. Él ya no sueña y yo tampoco.

No soy capaz de reconstruir la noche del accidente, como me piden. Les puedo describir, si acaso, la rutina que manejábamos a diario, cuando él estaba vivo. Asienten y me piden esa información. Me ruborizo al recordar el primer momento de la mañana. Siempre poníamos el despertador media hora antes de levantarnos para gozar plenamente el uno del otro. Desnudos. Sin cerebro para pensar en las quince horas que se nos venían por delante. Desnudos no existían los problemas. No éramos nada más, ni nada menos. Luego, al final del día, nos quedaban otras dos horas, antes de ir a dormir, para repasar la forma en la que debíamos afrontar y salir de esa situación. Trabajo, trabajo, trabajo y falta de capital para cubrir nuestros gastos.

Uno de los polis ha reparado en la curva que deforma los dibujos de mi bata. Me ha preguntado con una frivolidad que me ha atado el café a la garganta. “De cuatro meses, él no lo llegó a saber, no encontré el momento de decirle”. He contestado con una sonrisa cínica bien disimulada. Me he quedado pegada a la puerta cuando se han marchado. Acariciándome la barriga. Los recuerdos me han apedreado y me he vuelto a la cama agarrándome a las paredes. La noche del accidente conducía yo.  

martes, 20 de diciembre de 2011

DOSMILONCEANDO Y CON EL MAZO DANDO

Tú, todo el rato tú y la eclosión. La puta que llega en mala hora y me patalea con el pie izquierdo hasta meterme en una tubería. Mahou, Bombay, las tónicas y otros venenos. Terror de 200 m negros en un cuarto de baño. La morena que vendió sus tardes de directo en el mercado de las pulgas. La chica que lo entrega todo a cambio de un nada sospechoso. Decepción. Soledad. De nuevo tú y mi cama en verde oscuro y morado. El buscavidas que encuentra la mía, me hace firmar letras de humillación y calumnias y se las cobra en especies y en dos plazos. Escombros soplando una llama de negocios. La locura. No tú, definitivamente no y sí a una noria interminable que impide otros colores. Julio, Jose y un verano lleno de agua y de amigos. Los dos locos de pelo blanco que me convierten por una noche en la muñequita de algún cuaderno. Ana y aprender que existe la belleza. Chabrol, Truffaut, Romher en un mundo de subtítulos. El calor a café del gineroom, ese palacio con siete habitaciones. Las sonrisas que chupan lágrimas en el bigote y empujan para mantener el equilibrio. La incertidumbre, siempre rasgando con rabia la erre. El pijama, los garbanzos y la maraña de vida en la que me enredo con el chándal de Galo. Una esperanza, un hilo de ilusiones, las ganas de olvidar este año. Y a ti.