viernes, 25 de noviembre de 2011

BLOQUEO EMOCIONAL

Anoche soñé que me masturbaba contra la espalda de un tipo. Estábamos tumbados sobre un colchón sin sábanas, dentro de una cabaña hecha con tablas de madera. El fondo de mi sueño era blanco y se dibujaba en negro la diana de mi clítoris, como si fuera la viñeta de un comic de Capurnio. Mis gemidos llegaban débiles,  sin apenas inmutarme. El tipo se giraba y en neutro decía: “Deberías mover las caderas. Deberías dejar que me colocara en medio de ti y mover las caderas después”. Me daba la espalda de nuevo con cierta indiferencia. Yo me quedaba fija en las puntas de su pelo sobre el cuello y entonces pensaba que tal vez podría gustarme hacerlo de ese modo. Interferencias. Una de las tablas de madera se desprendía golpeándome la cabeza. El sobresalto me ha despertado. Tenía las bragas mojadas.

lunes, 7 de noviembre de 2011

CLAUDE

Le descubrí a través de los cristales de un bar. Llevaba zancadas de medio metro y movía los brazos a discreción, como si fuera un niño pequeño. Llovía a mares. Me dieron unas ganas peligrosas de seguirle, frenarle y asfixiarle con un beso largo. La lluvia le dejó correr de largo en un segundo y desapareció.

Tres días más tarde coincidí con él en la presentación de un libro. El acto se daba en el Museo del Romanticismo, y supersticiosa como soy, pensé que aquello podía ser una señal. Me acerqué a él imitando los andares felinos de las modelos, y poniéndole un dedo sobre la barbilla le dije:

- Me gusta tu barba descuidada.

Contestó algo raro como: “qu'est-ce que tu me dis?”. Y no dejó de acariciarme el dedo. Al terminar la presentación, me agarró la mano y me sacó a la calle abriendo un paso violento entre la gente. Llovía a mares. Nos refugiamos bajo la marquesina del museo.

- Qu'est-ce que tu veux de moi, belle mon? Susurraba muy sexy, todo el tiempo. Y yo, yo no oía más que las gotas contra mis pestañas y el rumor de sus dedos bajo mi jersey. Tras un restregón tan bonito que hacía honor al nombre de nuestro refugio, nos despedimos sin darnos datos para que eso ocurriera de nuevo.

Una vez más el azar me puso frente a él. Coincidimos en un café cercano a la Plaza de las Descalzas. “Ma douce petite fille, qu'une joie recommencer à se voir”. No supe en aquel momento que me decía. No fue necesario comprender sus palabras para besar su boca y su cuello hasta pintarle de rojo la camisa. Se apartó de la gente que le acompañaba y pidió una botella de champán para compartir conmigo. Tan solo cruzábamos risas, caricias y miradas. De vez en cuando alguna palabra incomprensible para el otro, pero dulce siempre. Me arrastró ebria hacia la calle. Llovía a mares. Un taxi nos llevó al Holiday Inn de Manuela Malasaña. Tímida, pedí una habitación. Él me observaba fascinado: “Quoi est-ce que jolies tes mots sonnent”. Por pudor no os contaré lo que ocurrió en aquella habitación del Holiday Inn. No más que la lluvia taconeaba la ventana como una bailaora y él sonreía. Y yo. Por eso repetimos la semana siguiente y la otra, y la otra y la de después. Convertimos esa habitación en un tablao flamenco. Ese que él tanto deseaba conocer.

Le llevé a Alcalá de Henares, a Toledo y al Escorial. “Qu'est-ce qui est ?” Preguntaba siempre y yo contestaba lo que me venía en gana: “El perro de San Roque”. “Un poco de tinta”. “Mañana vuelve”. “Llueve a mares”.

Me dijo que se llamaba Claude y me enamoré. Nos encontrábamos cada tarde en el café de Las Descalzas y de ahí al Holliday Inn.  “Ça va?” “Me quedé sin crema de manos” “As-tu une faim ? “Fumemos maría” “Qu'est-ce que tu veux faire ?” “A mí también me gusta el aire”.

Quise más y más de Claude. Tanto que me matriculé en la Alliance Française para hablar igual que él. Cada día le decía una palabra nueva: “Bon jour” “Qu'est-ce qui te plaît ?” “M'aimes-tu ?”. Así, poco a poco, me iba descubriendo con palabras, frases, párrafos, hasta que en algún momento logré mantener una conversación con él. Y luego otra y otra y otra más.

Ayer se me perdió la mirada a través de los cristales de un bar. Llovía a mares. Había bebido mucho champán cuando le vi pasar, dando zancadas largas y moviendo los brazos a discreción, como si fuera un niño pequeño. Corrí tras él y le atropellé peligrosamente. “Qu'est-ce qui te prend?”. Le susurré acariciando su barbilla con el índice. “Pourquoi ne te présentes-tu pas déjà au café de Las Descalzas? ". Claude me miraba fijamente, con cara de extrañeza. No sabía que le estaba diciendo. Rechazó mi dedo y continuó con sus zancadas de medio metro. Volví al bar de los cristales pisando los charcos y pensando en él. He aprendido su idioma y nos hemos dejado de entender. 

domingo, 30 de octubre de 2011

NO FUIMOS SANTOS

Hoy me han fotografiado haciendo de muerta en una fiesta de Halloween. Bendita yo sobre la cama, ribeteada en risas y caretas, alcohol y crisantemos. No soy una santa, que dios me maldiga. Bienvenido sea pues, el anglicismo.

Me duermo, para ver que se siente en realidad. Me agarro a la almohada y permanezco flotando en ella lo reglamentario. Ocho semanas, ocho meses, ocho años. Más y así descanso. Sueño que Mike Jagger me invita a una raya de coca en su Limousine. Entonces resucito en mala hora y empiezo a pensar que Swedenborg tiene razón. ¡Vaya lío! Sin buscarla, encuentro la respuesta en un poemario que me mueve y me intriga por intuición: “Mick Jagger me grita al oído no siempre puedes conseguir lo que deseas”. Y esa inoportuna afinidad me sirve otro gin tonic. Mike Jagger sabe decirlo como dios manda. Yo no. Lo admiro y lo envidio. Si grito en voz alta se me acusa de baja autoestima. Si me escondo, soberbia: ¡Culpable! Si no hablo de ello, mi condena rompe maligna. Mejor, pinto roja mi sonrisa inocente y de ese modo me doy la razón. Somos gilipollas.

Leo mi diario, una y otra vez, antes de hacerme la muerta. Me destruye el flash y una explosión de carcajadas.  Yo, tumbada en la cama, tan inerte como mi disfraz, como el resto de invitados. Halloween se resuelve en blanco y negro, representando la muerte tal cual es en vida. Alguien me ofrece una copa. Estoy saturada, ya he bebido demasiado. A hurtadillas, abandono la recepción sin despedirme de nadie.

Echo de menos ese viaje que hice a Nápoles antes de nacer después. Ese en el que el tren llegaba de noche. Sin que nadie me esperase. Sin haber reservado habitación.

lunes, 8 de agosto de 2011

TENSANDO EL GEMELO


A veces me siento tan poética como una tarde de viernes,  lectura, step y risas.
La puerta de mi salón por noches, es una pintura. Uno de esos cuadros de mediados del siglo XX en los que alguna morena pretenciosa y lozana, se contornea satisfecha, insinuando el placer de un segundo inútil.
A veces me siento tan poética como una palabra o un desorden de ellas, en un revoltijo de admiración y sorpresa.
En el sofá de mi salón, color esperanza, o algún verde, dicen que un muchacho de mirada negra, abre las ventanas de su garganta y sopla ramalazos de buen amor.
A veces me siento tan poética como ese esfuerzo que deja gotas en la piel y ganas de ducharse. Tan fresca como el agua que riega la espuma de jabón y arrastra el sudor del vamos a ello.
Mi salón y la banda sonora de alguna peli ridícula, en blanco y negro, de las que disparan un saxo que se gira en sexo. De las que son nuestro día o nos gustaría que fuera (más por sexo que por saxo, así somos).
A veces soy muy poética, tanto como mi pie doblado, tensando el gemelo, de ganas, de fuerza. Curvando con ira ese saber que sí.
Me siento poética, hermosa y otras patética vomitando letras sobre mi portátil. Segregando miedos, amor y mancuernas. El dolor lo escupe y la razón lo embellece.
Otras veces me siento enferma como la vida misma.
Enferma como aquellos que están enfermos de estructura y paralelas de cemento que los  enmarcan.
Para-lelos, enuncian las revistas del corazón, los programas de audiencia y las marquesinas del autobús. Para-lelos que se permiten el lujo de emitir juicios sobre titulares de lo imposible.
Mi salón apesta a Zara, a salmorejo infectado y a colorete de Mac.
Mi salón, sin apenas sombras, solo el tenue reflejo de la morena lozana, que ya no es lozana sino anoréxica, porque ellos lo han decidido así, y que interpreta un segundo eterno de oficina y cuentas de pobre jefe, de nadie en nada, solo en ella que le sigue la corriente, porque sabe que no le queda más.
Enferma si consiguen convencerme de que debo ser dos, o tres o prole y me veo en una y me empeño en la falta.
En mi salón un sofá verde, verde, verdeando como una loncha de queso que lleva meses en el frigorífico.
Enferma por rodearme de enfermos, hipócritas y cínicos de mierda. De esos que opinan del “Expansión” y no tienen ni puta idea de lo que cuesta un kilo de zanahorias. De esos enfermos a los que deberían poner en cuarentena porque infectan de analfabetismo cuentista y urbano al resto. Me permito el lujo, porque me da la gana.
Podría decirlo mucho más lúcido, mucho más lúdico. Hacerlo incluso mucho más lírico. Pero me resulta imposible mirarlo de frente, y esculpir a esa tribu de enfermos que solo son capaces de mirar por ráfaga mi impotencia, contagiada de ingenuos deseos paridos de necedad, y no tienen ni puta idea de lo putrefactos que están ellos por dentro.
Pues esto me queda, las claves de mis secretos, de ellas me valgo, poquitas armas. Mandan cojones, no poder gritar. Para qué gritar, si se van a tapar los oídos por miedo. Bendita enfermedad el pánico ¡Qué suerte tienen algunos de que exista!
Enferma siempre que la rabia dirija mis dedos sobre las teclas y más enferma aún por permitir que mis flores, hermosas o no, se hagan tubérculos inevitables. Por no ser capaz de impedir el torrente de mierda que derrocha la pantalla de mi ordenador.

¡Qué guapa se ha puesto la morena de la puerta! La que lee una tarde de viernes sobre el step. Esa a la que sus tripas infectadas le hacen vomitar sobre el teclado de su portátil ramalazos de hostilidad perfecta, que a la razón no le queda otra que embellecer, cuando puede .
La miro envidiosa, es una utopía, me resulta imposible que no se haya contagiado de esta epidemia de sabiduría insensata y vana (qué pequeña y  graciosa resulta esa palabra).
A veces me siento tan poética como una estampa en la puerta de mi salón. Lozana siglo XX sobre un sofá verde quesoesperanza que emana un muchacho con garganta de menta. Consolador ¿Qué vibra?






domingo, 12 de junio de 2011

TE DOY MI MUERTE ENTERA

Cuando la boca sabe a polla y las lágrimas a contorno de ojos, algo indica que estamos teniendo un problema.

- ¿Recuerdas El Horóscopo? – Allí hacíamos video-forums con films del pelo de Y Johnny Cogió su Fusil. Entonces teníamos dieciséis años y éramos pacifistas. Ahora no tengo muy claro que somos.

A veces creo que estoy muerta. Mi madre no me habla, mi amiga Elena tampoco. Los de siempre han desaparecido sin motivo y eso me hace pensar que me he trasladado a otro mundo y todavía no me he dado cuenta. O sí.

Mi aspecto sigue siendo terso a pesar de que, si no he calculado mal, ya tengo cuarenta y tantos años. Mis pechos y mi trasero desafían la gravedad. Me he quedado encajada en un físico disparado hacia el norte. Sin embargo, mi espíritu está carbonizado y huele a humedad. Debí morir hace unos cuantos años, si no me equivoca el ombligo. O lo mismo no me he muerto, dicen que las mujeres a partir de los cuarenta dejamos de existir. Será eso.

Sí,  me he muerto, sino de qué me vienes llamando al teléfono después de más de diez años sin saber de ti. Definitivamente, estoy muerta cuando te escucho decir que tengo a mi alrededor un aura de paz y de buen rollo. Ingenuo serías y mira que no lo creo ¿Diez años? He perdido la noción del tiempo.

- ¿Recuerdas el concierto de Mano Negra? – Entonces nos mirábamos y sonreíamos al escuchar el Mala Vida. La que nosotros nos dábamos. Valientes guerreros estábamos hechos en aquel momento. Si no recuerdo mal, vivíamos nuestros veinte y luchábamos con esperanza por un entorno más fácil. ¿No? ¿Lo recuerdas tú?

Mira, no sé qué me pasó, pero suicidarme no creo que me suicidara. Tiene que producir una impotencia insuperable el quererse apartar de tanta miseria sin saber si se hunde la cabeza en todavía más mierda. No, lo de suicidarme no va conmigo, estoy convencida de que eso es entrar en bucle. Tratar de desafiar los malos tragos es luchar contra un nido de monstruos. No fue eso, estoy segura. Con lo curiosa que yo soy. No fue eso.

Siento que morí sin conocer el amor. Y mira que te empeñas en decirme que sí, que el amor eras tú. Ahora te recuerdo en el guardarropa de alguna discoteca, camarero y comercial después. Luego fuiste guionista y muy apuesto. Años más tarde abogado. Otros periodista en forma de ángel, que trató de llevarme al cielo, creo, pero como soy rebelde de naturaleza, igual terminé en el limbo o vete tú a saber. Ahora eres fotógrafo, vaya consuelo, si fantasma como estoy, no soy capaz de salir en tus fotos.

No sé que fui yo antes, igual cupletista si echo la vista a la trayectoria que relato. En este momento soy administrativa o eso indica el ordenador que tengo pegado a los muslos. Sí, debo estar muerta porque calculo primas que casi nadie paga y tengo a otros contables a mi alrededor que no se mueven, ni dicen nada que no sean números.

Hoy te he visto otra vez. Que no te hago caso, dices, y que tú eres muy sensible. Con lo que yo desconfío de la gente que dice de sí misma que es muy sensible. ¡Ay! No te pega nada. Qué vivos estábamos descarnando a Johnny y escuchando el Mala Vida.

Esta mañana ha venido mi madre a despertarme a la cama. El reloj llevaba un buen rato rebotando las paredes en vano. Eran las ocho o las nueve, no sé, he perdido la noción del tiempo. He salido corriendo hacia la ducha. La he escuchado gritar por el camino, a mi madre, digo. Me he asomado por el arco que separa el salón de mi dormitorio. Yo también he gritado, alaridos sordos. Ni mi madre, ni los vecinos se han inmutado, tanto jaleo que estaban armando. Mi cuerpo y el tuyo sangrando en la cama y Elena apoyada sobre la pared con los ojos rojos, respirando como si no hubiese aire en el mundo, cuchillo en mano. Otra vez nos mata el amor. Mira que eres cansino.

La boca de Elena huele a polla, la mía ya no huele a nada.

Te agradecería que en la próxima fueras cirujano estético. Me han salido unas arruguitas que estorban mis labios. ¡Ah! Y tengo entradas para ver a La Familia Atávica. Mano Negra ya no existe (pasaron a mejor vida). Y qué quieres que te diga, pasando del Johnny que a ti y a mí ya nos da lo mismo ese rollo guerra-paz, ese luchar por nuestros principios y un mundo más agradable. Y sé más sutil en la siguiente, que me gusta ser la única víctima.

Estoy muerta, cada vez lo tengo más claro. No me habla nadie, apenas tú de vez en cuando, para recordarme que ni por esas soy libre. Pero no se está tan mal aquí. Por no saber, no hay nada que sepa.


miércoles, 18 de mayo de 2011

MALDITO BAR!

Volviéndome muy loca diré que quiere contarme cosas.

Desde el primer momento lo sentí escondido entre los ladrillos. Algo hay. Está en el cuarto de baño de los chicos, siento un latigazo cuando voy a apagar la luz. En el de nosotras me encuentro como siempre, por eso deduzco que es un hombre. Quizá sea el mismo Baudelaire, tanto invocarle. No. Hoy se ha cagado delante de la barra pequeña, un poeta nunca haría eso, sin embargo, es el cuarto de baño de los chicos lo que me produce escalofríos ¿Y si le pasa a él lo mismo y por eso elige la barra? No creo. Si me conmueve el cuarto de baño de ellos, se entiende que es porque está él. O no. Vaya lío.

Me llama. Estoy segura de que cuando enciende las luces de las bóvedas es porque quiere que vaya, pero no hago caso, me da un poco de miedo y si voy no le doy tiempo a decirme nada, corro escaleras arriba para volver al ruido. Lo que no tengo muy claro es porque las apaga y menos claro porque hace oscura la cueva del fondo, la del espejo, sin que yo le de al interruptor. En esa cueva solo se ve un reflejo, pero no me atrevo a acercarme.

Me fascina cerrar el local. Llegan las dos de la madrugada y pliego las puertas. Entonces recorro todo el espacio apagando luces, como si me guiase una cámara de vídeo.

Hace tiempo que monté este bar y ya he olvidado como llegué a él. Sé que se llama La Louchette porque lo pone en un rótulo, a la entrada. La Louchette fue la amante de ese poeta del que dudo si se ha cagado en la barra pequeña, la de abajo. Ahora tampoco recuerdo porque elegí ese nombre. Igual porque en algún momento dejó de gustarme que solo las heroínas dieran vida a los sitios y decidí darle paso a esta putilla judía y calva que fue, al tiempo, la inspiración y la perdición del poeta (¿se habrá cagado en la barra por eso?). No sé, mi bar se llama La Louchette y a mí me gusta.

Hoy he abierto más alegre que de costumbre. Me encanta tirar de las contraventanas y que el espacio se llene de luz. He elegido a Tom Waits como reclamo para repoblar los taburetes y ha dado resultado. He bajado al sótano y otra de tantas veces, las bóvedas estaban encendidas. Al reponer el papel higiénico, he sentido fuerte la presencia en el baño de los chicos. En el de las chicas no, siempre es así. Sé que quiere decirme algo y esta vez he decidido quedarme y esperar bajo la luz tenue que nunca enciendo. Las bóvedas se han apagado. El espacio se ha hecho negro. Solo el reflejo de la cueva del fondo ha iluminado la estancia.

He corrido hacia Tom Waits para refugiarme en el jaleo. Se han disparado las aceitunas por toda la barra sin parar de pensar y he vuelto abajo. Tenía que hacerlo. Las bóvedas estaban encendidas otra vez, como siempre que quiere contarme. “Nunca le dejo que diga, vamos a ver que quiere”. Me he acercado a la cueva del fondo, a la oscura y, con cierto reparo, he mirado en el espejo. La pared de piedra se ha inundado de alaridos, mi cuerpo tendido e inerte se reflejaba en el rojo abovedado. He intentado cambiar la imagen. No. Era yo. Mis ojos redondos solo han sido capaces de enfocar aquel cuerpo muerto, tan cerca de la manos agitadas de terror, reconociendo vida, al margen de ese cadáver tan mío. Me he mirado desde fuera sin parar de gritar. Tom Waits me ha tapado la boca. Olía a mierda en la barra pequeña.

Ahora sé que mi espíritu está enganchado en los ladrillos. Cada día repongo el papel higiénico en los cuartos de baño. Ahí ha empezado la discusión, en el baño de los chicos. He salido disparada hacia las bóvedas. Él ha corrido tras de mí para explicarme, nos hemos chillado en la barra pequeña. “Maldito poeta!”, Le he gritado y él ha asentido, pero como casi todos, en mitad del poema, se ha cagado de miedo.


lunes, 7 de marzo de 2011

LAS VUELTAS

- ¿La última copa?

Escucho a lo lejos y en nebulosa. Me giro, le veo y mi corazón empieza a saltar tan rápido que casi le toca las rayas de la camisa.

Accedo a su petición, a pesar de que ya me siento suficientemente borracha. Mi cabeza centrifuga recuerdos y un pensamiento exacto se clava en sus ojos.  Se ha convertido en un viejo. Su corte de pelo ralo y blanco, la mirada muerta y esa mueca en unos labios casi inexistentes, me producen nauseas. Me recuerda al protagonista de una película canadiense, Las invasiones bárbaras, en la que un anciano espera ansioso y cansado la muerte.

- Te aburres – Confirma después de tenerme un rato sentada frente a él sin decir nada. Su voz rugosa se encamina hacia mi cerebro como un cuchillo de sierra – No ¡Qué va! – Procuro sonar alegre - Lo siento, andaba despistada. - Echo la mano a la barra buscando algo que no existe y continuo perdida - ¡Venga! – Grito por encima de los bafles- Sea esa última copa por el reencuentro – el ansia de embriaguez y otras sensaciones, me obligan a complacerle. Me tumbo en algún renglón del pasado.

- ¿Te aburres? – Solía decir. Palabras de seda acariciando mi vientre hace un millón de años. Entonces su pelo era negro, su mirada estirada y firme y sus labios dominaban mi existencia.

El camarero ha roto un vaso al tratar de retirarlo de la barra y me ha devuelto al presente, a la banqueta iluminada por una bola de plata, a la música de De Phazz que no deja de sonar nunca y a su piel comprimida de arrugas. Agradezco que se hayan abortado los recuerdos, me estaba poniendo nerviosa y amarga.

Se mueve torpe, no tiene prisa. Estornuda y se suena violentamente los mocos.  Limpia los restos con la palma de la mano. Ya no le importa si le observo, ya no le importa quién le mira. Se dirige amable al camarero y le pide un Cacique con Coca Cola y un Gin Fizz. Por fin ha aprendido que las buenas maneras gobiernan el mundo. Apoya la mano sobre mi pierna y siento un escalofrío. Parece no darse cuenta del cambio eléctrico que marca nuestros tiempos. - ¿Recuerdas...? - Se esfuerza por captar mi atención. Empeña sus palabras al pasado, con el propósito de que le escuche, de que le sienta y de devolverme a aquél tiempo, en que fui serpiente bailando notas de flauta.

El trago rápido de ron me lleva a un fotograma en blanco y negro aún latente. Los besos horneados de gritos y lamentos en otro tiempo, contra el reflejo sereno y canoso de sus gafas. Besa dulce mi mejilla con los labios arrugados: “¡Te he necesitado tanto!” Mi cuerpo se endurece al susurro. Se tambalea. Estoy borracha. No escucho. No escucho.

Una bofetada me devuelve de golpe a la cama, a su cuerpo perdido en mi tristeza y a su pelo moreno entre mis dedos. Gritos, dolor, horror. Entonces abusaba de su fuerza. Entonces me hacía pequeña con los puños, con otras armas: “¡Te he necesitado tanto!”. Sus manos, ahora trémulas acarician con precaución el rasgar de mis vaqueros. Mi mirada enfoca como una noria su boca deforme y grisácea.
  
Asco. Se mezcla el asco de un tiempo y otro. Quince años ondeados de asco y hoy me reencuentro con él en la barra de este bar ¿Por qué? ¿Quién ha querido ponernos otra vez en el mismo camino? Me agobio. Comienzo a odiarle. Él se empeña en recordarme que un día fue Alain Delon en mi Tren llamado deseo, hipnotizando mis horas. Y yo que no puedo dejar de mirarle, veo al viejo terminal de Las invasiones bárbaras. Aunque, algunos clichés me abofetean la cara en vaqueros y con una camiseta blanca marcando los bíceps sobre mi estómago.

Me estoy llenando de ira. Suelto el aire y el camarero me mira despistado, sonrío como si mi idea estuviera en blanco. También le sonrío a él, al Marlon Brando decrépito. Le agarro  la mano y le arranco del taburete con toda la sensualidad que soy capaz de recordarle. Me lo llevo, muy discreta, al cuarto de baño. Impido con mi boca que diga nada. Le siento en la taza del water sin dejar de besarle. Deslizo mis manos de su cuello a la bragueta, apretando con asco los labios. Bajo la cabeza con los ojos cerrados. Extraigo un hongo arrugado de su pantalón y comienza mi empeño por hacerlo más grande. Le escucho gemir y se escapa una arcada. No pasa nada. Desvío mi pensamiento. Continúa mi trabajo. El pequeño habitáculo en el que existimos mezcla los recuerdos con el olor a orín y a amoníaco. La marca de sus dedos en mi cuello. La quemadura de su cinturón en mis riñones. Eso fue entonces, ahora es un viejo. Trato de convencerme y no soy capaz. Succiono con fuerza y a horcajadas me siento sobre sus muslos rozando con mis nalgas el tergal de su pantalón. Retira mis bragas y le cabalgo con ganas. Le escucho gemir, le escucho gemir, le escucho gemir. Silencio.

El bar se llena de curiosos y fotógrafos. Preparan una carpa fuera. La policía me interroga. Yo no sé nada, hacía años que no le veía, le encontré de casualidad. Me vuelvo a casa despistada.

- La última copa, decías, ¿no? – Sonrío mientras me desmaquillo.